¿Por qué sólo los datos no alcanzan para combatir la desinformación?

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La verificación más minuciosa puede a veces tropezar contra esta dificultad. Desde el lado del chequeo de datos, en temas políticos es importante que el lenguaje utilizado no despierte emociones. Pero, además, gran parte del trabajo por hacer está en cada uno de los lectores.

La verificación del discurso público -comúnmente conocida como fact-checking- se enfrenta desde siempre a un desafío: ¿cómo lograr que las personas no rechacen la información cuando ésta contradice sus posturas? ¿Cómo lograr que, cuando la información apoya sus posturas, la acepten por el contenido de lo que se dice, y no sólo porque representa un aval externo a lo que se piensa desde antes? La verificación más minuciosa puede a veces tropezar contra esta dificultad.

Las personas suelen creer, intuitivamente, que adoptan posturas en base a los hechos. Pero, en un ejemplo de que la intuición muchas veces no nos muestra cómo es la realidad, se ve algo diferente: las personas tienen posturas, a las que llegaron por caminos que muchas veces no se relacionan con un pensamiento racional que evalúa cuidadosamente las evidencias, y desde ahí seleccionan, sin darse cuenta, la “información” que apoya esa postura, mientras que rechazan la que no. Las creencias personales, las emociones y los sesgos cognitivos -como el de confirmación- suelen ser mecanismos que están detrás de este fenómeno. También influyen los grupos de pertenencia o la dificultad de reconocer quiénes son los expertos en los temas de los que se habla: si un experto dice algo contrario a lo que creemos, es muy posible que lo consideremos un falso experto.

Las personas razonan de manera motivada por su ideología, por las tradiciones, por todo aquello que forma parte de lo que perciben como su identidad. Y en este razonamiento motivado, muchas veces aparecen equivocaciones y se llega a conclusiones erróneas y malas decisiones en un esfuerzo inconsciente de proteger esa identidad.

Esto también se ve en política partidaria. Una persona que quiere que gane el candidato A y que pierda el B podría, por ejemplo, apostar dinero a la victoria de B, como modo de compensar la desilusión si A perdiera. Pero las personas no hacen esto, que sería lo razonable. Prefieren directamente no apostar, como se vio en una investigación reciente de C. Morewedge, S. Tang y R. Larrick, de la Universidad de Boston y la Universidad de Duke (Estados Unidos). Esto se interpreta como que de algún modo prefieren perder dinero antes que enfrentarse a su grupo de pertenencia, para no mostrarse como “desleales”. También se confirmó algo similar en un estudio de J. Frimer, L. Skitka y M. Motyl de la Universidad de Winnipeg y la Universidad de Illinois (Estados Unidos): se le dio a un grupo de personas la opción de leer algo que concordaba con su postura previa sobre un tema “conflictivo” (matrimonio entre personas del mismo sexo) o la de leer algo con la postura contraria. En el primer caso, ganaban US$ 7, mientras que en el segundo ganaban 10 dólares. Casi dos terceras partes de los participantes eligieron la primera opción, a pesar de que elegir la segunda podía hacerles ganar más dinero. Pero prefirieron no exponerse a una postura contraria a la propia. Esto también se observó para el caso de tener que escuchar posturas políticas con las que no se concuerda.

Y algo así se ve también en el mundo del fact-checking, no solo en la aceptación o rechazo de la información por parte de los ciudadanos sino en su difusión. Cuando hay claras evidencias de que un político del partido A mintió, quienes activamente difunden esa información son los del partido B. Eso es esperable, porque se trata de información que permite justificar la postura de esa tribu. Pero lo interesante es lo que hacen los del partido A: no comparten la información, no hablan de ella. La ignoran porque, de aceptarla, pondría en conflicto su identidad política. La mirada escéptica es más poderosa hacia afuera de la tribu que hacia adentro. Es una especie de “esto no debería ser cierto, pero parece serlo, así que para mí no existe”.

Todo esto propicia que aparezca una situación que muchos denominamos como “posverdad”, en la que los hechos son distorsionados, se ocultan aquellos que amenazan esas posturas previas, y aparecen dudas o aparentes controversias en temas sobre los que, cuando se analiza lo que se sabe sobre ellos, no parece haber demasiada discusión posible.

¿Qué se puede hacer entonces? Desde el lado de la verificación de datos, en temas políticos es importante que, dentro de lo posible, el lenguaje utilizado no despierte emociones, ya que esto puede llevar a fortalecer el tribalismo de los lectores. Cuando los lectores no tienen una afinidad partidaria fuerte, esto no es tan necesario. Pero, a la vez, estos son los lectores menos motivados para buscar esa información. A estos se los puede convocar con un lenguaje que llame la atención. Sin embargo, todo esto es necesario pero no será suficiente.

Gran parte del trabajo por hacer está en cada uno de los lectores: tratar de identificar el razonamiento motivado propio, los sesgos que pueden estar presentes, las creencias personales, las tribus a las que se pertenece. Cada lector tiene que tomar una decisión previa: ¿tiene un compromiso con la verdad?, ¿va a priorizar eso, no importa adónde lleve?, ¿hay disposición a cambiar de postura si la información la contradice? Solo así habrá una oportunidad de vencer la posverdad.

 

La autora es doctora en Ciencias Biológicas (UBA), docente y comunicadora. Acaba de publicar, en conjunto con el sitio “El Gato y la Caja”, el libro “Pensar con otros: una guía de supervivencia en tiempos de posverdad”.

Fuente: Chequeado.com

¿Por qué sólo los datos no alcanzan para combatir la desinformación?